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De la dosis personal a la adicción

Una cosa es que un ejecutivo se dé un pase de coca de vez en cuando, departiendo con amigos el fin de semana, y otra que no encuentre paz en su espíritu si no tiene a mano una dosis para varias semanas. En el primer caso, muchos adultos argumentan que consumir es una opción personal, que les estimula la creatividad, que los desestresa, que no les hacen daño a otras personas y que hace parte de su libre albedrío. Por estas razones, es inadmisible que el Estado se inmiscuya en su privacidad, y mucho más que les sugiera o los obligue a someterse a tribunales médicos o siquiátricos, ya que su gusto no dista mucho del de los consumidores de fritanga en El Campín o de los bebedores sociales del Gun Club. El colesterol y el alcohol producen más enfermedades y muertes que la marihuana o la cocaína.

Pero la adicción es una enfermedad terrible. Por eso, el problema no radica en que se haga un uso ocasional de sustancias, sino en el riesgo de que el gusto se convierta en una compulsión permanente, capaz de destruir al individuo y su familia. Iniciado el proceso de adicción se comienza a ver el deterioro: descuido de sí mismo, justificación permanente de la conducta, abandono de la familia, negación del problema, relación con personajes indeseables, relajamiento ético, incapacidad total de aceptar críticas, despilfarro del dinero propio y ajeno para obtener la droga, distanciamiento de amistades constructivas. Pero también se va fortaleciendo un rechazo creciente al tratamiento médico y a la sincera preocupación de las personas cercanas.

En estos días, el país está muy sensible frente a dos hechos adictivos: por un
lado, cursa en el Congreso un proyecto que prohíbe la dosis personal y, por
otro, un referendo que quiere satisfacer una adicción más perversa que la de
todas las drogas juntas: la adicción al poder que sufre el Presidente. En
efecto, las conductas adictivas también pueden estar referidas a otros
apetitos, como el sexo, la fama, el dinero o el poder. De esto se ocuparon los
poetas del Siglo de Oro y no pocos siquiatras contemporáneos. La historia está
llena de ejemplos relacionados con estas adicciones, que involucran a pueblos
enteros, envolviéndolos en los delirios de caudillos que oscilan entre la
lucidez y la insensatez más extremas.

La adicción al poder muestra los mismos síntomas de la
adicción a la heroína, a la cocaína o al alcohol. Laxitud de la conciencia ética,
actuaciones autodestructivas, obsesión por aumentar la dosis,
relaciones peligrosas con sujetos oscuros que garanticen a cualquier precio la
hegemonía y la continuidad, irascibilidad frente a quienes muestran
preocupación y rechazo. Y, desde luego, se esgrimen miles de razones para justificar la persistencia en amarrarse al poder obtenido: el clamor del pueblo, la
consolidación de programas, la inmortalidad del prócer, la inteligencia
superior, la ausencia de sucesores, el amor a la patria… La peor parte la juegan
los aduladores de oficio, incapaces de una verdadera lealtad crítica, pues,
como los jíbaros que entregan la droga al adicto, son los primeros beneficiados:
contratos, burocracia y una infinita red de minipoder, que sacia ambiciones más modestas y menos limpias.

La Constitución de 1991, al incursionar en la siquiatría, quiso proteger, tanto
a los mandatarios como al país, de estas enfermedades incurables que tantas
encrucijadas producen en el alma, y por eso estableció una dosis mínima y
única, al prohibir la reelección. Pero cuando alguien está enfermo está enfermo
y puede brincarse hasta el mejor tratamiento médico. Cómo será que hasta el
siquiatra de palacio se contagió.

El mal, que empeora en el más alto nivel, se multiplica con síntomas idénticos en administraciones locales, universidades, cargos directivos, empresas privadas, ONG… Sería útil una cruzada de salud mental, que nos protegiera de esta grave adicción, que atenta contra nosotros mismos, nuestras familias y toda la sociedad.

Por Francisco Cajiao

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